Cuando concluyó la firma de autografos, yá alrededor de la 1am, pretendíamos abordar el coche para retirarnos al hotel; la hijastra del Principe, una grupi, el galardonado y yo. Cuando de la oscura noche se nos acerca una camioneta verde estilo Chevy Astro con un hombre dentro gritando el nombre del divo. Éste último, siendo tan fiel a su publico, no dudo en saludar a el incauto. Cuando José José regresó a mi vehiculo, me pidió amablemente siguiera aquella camioneta verde a su destino. Perplejo, eché en marcha el coche para seguir a aquel personaje misterioso el cual el Principe me comentaba era un doctor y lo iba a curar de un mal muy profundo.
Y bien llegamos al destino, en la esquina de la calle 18 y la Racine, en Pilsen. Bajó José José de mi coche y me pidió lo esperara ahí. Transcurrieron 10, 15, 20, 30 minutos y el Principe... ¡aún no regresaba! A unos cuantos metros de donde estaba yo esperando con la hijastra y la grupi de José José, se estacionaron 3 caminonetas simialres a la sospechosa Chevy Astro. De estas bajaron varias señoras, niñas y niños radiando cierta emoción. Fue ahí cuando supuse que el sospechosos de la camioneta había llamado a la tía, la vecina, los sobrinos y todo aquel que cupiera abordo de los vehiculos...
Me precipité a salir del coche para adelantarme a la turba e increpar su camino. Logré hacer que uno de ellos me abriera la puerta principal y sin pensarlo demasiado me les adelanté a todos para cerrarles la puerta por dentro con seguro y así no dejar a nadie más entrar en el edificio. Por un momento descansé mientras recargaba mi espalda en la puerta, cuando del fondo de un pasillo largo escuché golpes (¡punch!, ¡zaz!, ¡bang!) y simulaciones de aguien vomitando (¡piuk!, ¡buhaaaa!, ¡grhuuaa!)... –¡José José, aquí voy a tu rescate!, –pensé en ese instante.
Cuando llegué al final del pasillo había una anciana con un ojo tuerto, sentada en una silla, velando la entrada a un cuarto oscuro. Al estilo de pelicula policiaca rompí el seguro de la puerta de una patada y quedé atónito por lo que ví sucediendo dentro del cuarto; José José se encontraba semi-desnudo con una cubeta enfrente y por detras aquel misteriosos hombre que inició todo. Ese hombre, que si hubiera pasado un minuto más tarde cuando saliamos de la presentación del libro nada hubiera sucedido. Aquel hombre que si en su trabajo lo hubieran demorado unos cuantos minutos, no nos hubiera visto. ¡Pero no! Pasó en el momento y en el lugar preciso, para darme cuenta en ese momento que lo que veía allí lo tendría que contar a mis primos, tios, sobrinos, nietos, vecinos, amigos, enemigos y fulanitos de tal, pero sobre todo tenía que decirselo a este Negro Zumbón, que a su manera, ahora se los cuenta a ustedes.
¡Lo que estaba sucediendo, fué más feo que recibir un calcetinazo sucio y sudado en la cara! El principe de la canción, José José, el Frank Sinatra de México, semidesnudo recibiendo tremenda golpiza, provocandose el vomito quesque para sacar los espiritus malos que traía adentro. ¡Le estaban haciendo una limpia al estilo brujos de Catemaco! Procedí a persuadir al Principe a que nos marcháramos, ya que su hija aún se encontraba en el coche preocupada aguardando por nosotros. Firmó algunos autografos más, uno con dedicatoria especial para el brujo, y salimos por la puerta tracera.
Fue así como logré llevar a José José, el Principe de la canción, a sus aposentos para nuca más volverlo a ver, ¡pero que bonitas melodías!
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